Inocencia radical, inocencia interrumpida. Ya no jugamos al todo o nada, ya no tenemos cuatro años y nos revolcamos en el jardín con las hojas secas de los árboles. Ya no perseguimos burbujas de jabón, ni nos inventamos el nombre de las cosas, ni tan siquiera ponemos semillas entre algodones para comprobar como la vida transcurre entre las paredes de un tarro de cristal. Ya no nos escondemos bajo la mesa cuando hay algo que nos da miedo, ni nos tapamos bajo la manta pensando que de esta forma todos nuestros demonios no nos van a encontrar. Ya no, ya no somos niños aunque en numerosas ocasiones nos comportemos como tales.
Ahora perseguimos otros sueños, nos emocionamos con cosas distintas... podemos sentir una canción hasta lo más profundo del alma, podemos compartir recuerdos, podemos saborear cada instante y podemos encontrar en la tristeza un refugio desde el cual coger fuerzas para convertirnos en personas mejores. No necesitamos el dinero, no necesitamos las cosas que pueden desaparecer en el tiempo, que pueden convertirse en meros estados de amargura y de simple decadencia. Ya no somos como solíamos ser, o quizás sí. Yo ya no recuerdo como era, ni tan siquiera sé como soy en este preciso instante.
Ahora perseguimos otros sueños, nos emocionamos con cosas distintas... podemos sentir una canción hasta lo más profundo del alma, podemos compartir recuerdos, podemos saborear cada instante y podemos encontrar en la tristeza un refugio desde el cual coger fuerzas para convertirnos en personas mejores. No necesitamos el dinero, no necesitamos las cosas que pueden desaparecer en el tiempo, que pueden convertirse en meros estados de amargura y de simple decadencia. Ya no somos como solíamos ser, o quizás sí. Yo ya no recuerdo como era, ni tan siquiera sé como soy en este preciso instante.

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